El reloj de la sala parecía latir más fuerte que mi corazón. Cada segundo era un golpe seco que me recordaba que el tiempo podía ser un verdugo si no volvía a ver a mi hijo. Me habían dicho que lo traerían. Que Greco cumpliría su palabra. Y, aun así, el miedo me carcomía, me hacía sentir que todo podía desvanecerse en el último instante.
Cuando escuché el motor de un auto detenerse frente a la mansión, corrí. No pensé, no respiré, simplemente me lancé hacia la puerta. El aire frío de la tarde m