Cuando colgué, mis manos temblaban tanto que me costaba sostener el teléfono. No podía quedarme quieta. Necesitaba verlo, tocarlo, comprobar con mis propios ojos que el video no era un truco, que mi pequeño estaba realmente a salvo. El vacío dentro de mí exigía pruebas palpables.
Hice lo que jamás hubiese imaginado: le pedí a Greco que me dejara verlo en persona. No supe si fue valentía o locura. No quise que Luca lo supiera; no podía soportar la idea de que él se lanzara como un toro a la boc