Por otra parte, estaba Víctor en la bodega; llevaba su camisa blanca con tres botones desabrochados, las mangas arremangadas más arriba de los codos. Con un bate entre sus manos, viendo a tres tipos enterrados en el suelo con sus cabezas fuera de la tierra.
—¡Déjenos ir, ya le dijimos que no sabemos con quién trabajaban!
—Denme una razón para creerles… —dice al apoyar su peso en el bate.
Los tres se miran entre sí, piensan en qué responder, pero el silencio solo fastidia a Víctor y con fuerza g