La mañana era gris, el cielo cubierto de nubes pesadas parecía presagiar una tormenta. Elizabeth Thompson descendió de su elegante automóvil con paso firme, su bolso colgando de su brazo como si llevara un expediente confidencial. Sus ojos reflejaban determinación y su ceño fruncido hablaba de la furia contenida que se había cocinado en su interior durante días.
Subió los peldaños del edificio de departamentos donde se hospedaba Claudia, el mismo que alguna vez había pertenecido a su hijo antes