Aghata escupió sangre. El sabor metálico le quemaba la garganta mientras su mirada, furiosa y desquiciada, se clavaba en Rolando. Lo odiaba con cada fibra de su ser, pero se odiaba aún más a sí misma.
—¡Mariam vendrá por mí! —exclamó entre dientes apretados, con rabia, pero también con miedo—. ¡Está loca, pero vendrá!
Rolando soltó una carcajada áspera, sin humor. La sombra del desprecio se dibujó en su rostro.
—Te lo dije. Es demasiado buena. No piensa, solo actúa por ese corazón tonto. Idénti