—Nunca la amaste, ¿no es verdad? Solo le hiciste daño, maldito imbécil.
La voz de Israel irrumpió como una daga afilada en la oficina de Demian, quien alzó la vista con un brillo oscuro en los ojos. Israel estaba parado frente a él, con el pecho agitado y la mirada llena de desprecio.
—Largo de aquí —rugió Demian levantándose de su silla con violencia—. Este no es tu maldito problema.
—Oh, pero debo agradecerte —continuó Israel, con una sonrisa torcida en los labios—. Gracias a ti, ahora tendré