La lluvia caía a cántaros como si compartiera el luto de Mariam, quien vestía de negro riguroso, con un velo que apenas ocultaba la hinchazón de sus ojos. A su lado, Azucena sostenía un paraguas con una mano y la otra con firmeza sobre la espalda de su amiga, como un ancla en medio de la tormenta.
Los murmullos eran inevitables. Entre paraguas y miradas furtivas, los familiares cuchicheaban con desprecio, lanzando cuchillos invisibles.
—Debería darle vergüenza aparecerse después de todo lo que