La mañana era gris. No por el clima, sino por el peso invisible que cargaba en el alma. Mariam se levantó de la camilla con movimientos lentos. Azucena se acercó con una bolsa de ropa limpia y su inseparable apoyo incondicional.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto hoy? —preguntó su amiga, mientras Mariam se colocaba unos pantalones negros, una blusa blanca y un abrigo gris.
—No me voy a esconder. No después de todo lo que he pasado. Tengo que cerrar esto como se debe.
Azucena suspiró, obse