La cascada caía con fuerza, golpeando las rocas y levantando una bruma helada que cubría sus pieles. Ámbar se frotaba los brazos, tiritando, mientras se bañaba bajo la pequeña cascada, ella lo miraba con esos ojos verdes donde se mezclaba ternura y lástima.
—Debe ser terrible no recordar nada de tu pasado… —dijo ella, casi como una caricia.
Diógenes sonoro apenas, encogiéndose de hombros.
—Supongo que sí… aunque, si lo pienso, ¿qué importa lo que fue si no puedo recordar? Aquí solo existe lo que somos ahora.
Ella parpadeó, sorprendida.
— ¿Y no extrañas nada? ¿Un rostro, una voz, una casa?
Él bajó la vista, como si pensara. En realidad, rogaba a los cielos que ella jamás descubrióera la mentira. Sinó estaría en serios problemas.
—Lo único que extraño… es algo que ni siquiera sé si tuve. Da miedo en parte...pero en parte no.
— ¿Qué cosa crees que no tuviste? —preguntó ella, curiosa.
Él levantó la mirada, clavándola en sus labios húmedos por el agua de la cascada.
—A alguien que me mire