Un día pasó como un espejismo en aquella isla perdida. Entre el mar bravo y el fuego que mantenían encendido con ramas húmedas, Ámbar intentaba cuidar de él como podía. Al siguiente amanecer lo veía sentado frente a la orilla, mirando el horizonte como si buscara recordar un fragmento de sí mismo.
Ella, en cambio, se debate entre la esperanza y la culpa. Hablarle, explicarle quién era, se volvió inevitable. Una tarde, mientras lo ayudaba a vendarse la herida, su voz se quebró.
—Debes saberlo, a