Hacía dos días que Diógenes no veía a Ámbar.
Al principio pensé que estaba en alguna reunión de negocios, tal vez en su oficina privada o supervisando alguna nueva inversión en la ciudad, pero al tercer día, la inquietud comenzó a consumirlo.
Recorrió la mansión buscándola, revisó la piscina, el gimnasio privado, incluso la biblioteca y su estudio. Nada. Incluso irrumpió a su habitación aunque se enojara si entraba de nuevo sin su permiso y nada. La cama estaba bien tendida y todo en orden.
Bajó a la cocina empujando la puerta con un golpe suave. Allí estaba el chofer, don Ernesto, sentado en la mesa de roble, devorando un soufflé de queso como si fuera un puerquito hambriento. Masticaba con la boca abierta, los cachetes inflados, mientras leía el periódico local con la otra mano.
—Buenos días, señor Ernesto.
—Buenos días, señor Diógenes.
— ¿Dónde está Ámbar? —preguntó Diógenes sin filtro.
Don Ernesto lo miró, sorprendido, con un hilo de queso colgando de su labio inferior.
-¿Oh? —tra