Mundo ficciónIniciar sesiónHoras después, navegaban mar afuera. La brisa empezaba a mover las velas extendidas y la bandera italiana ondeaba en la popa, mientras el agua empezaba a caer fuerte.
Dentro del yate había música suave, bandejas de quesos, frutas exóticas, champaña y la deliciosa cena que empezaron a disfrutar. Viviana reía con los tragos subidos de tono, con la mirada vidriosa. Se molestó al ver a Matteo darle de comer una uva a Ámbar. —Mírate, Ámbar… feliz con tu yate, tu novio millonario… mientras mi Rocío está muerta… —susurró Viviana horas después con varios tragos en la cabeza, la voz temblorosa y el rímel corrido. —Viviana… basta —dijo Gerónimo con voz grave, tomándole la copa y apartándola—. No empieces. Si ya estás borracha vete a tu camarote. -¡No! —gritó ella, golpeando la mesa de cristal—. ¡La que debía morir era ella, tú Ámbar! Siempre tan perfecta… tan fría… ¡Rubí era mi hija, no ella! Ámbar la miró con los ojos verdes inundados en lágrimas contenidas. Diógenes, apoyado en la baranda fumando un cigarrillo mientras la ventisca trae consigo agua del mar, giró el rostro hacia Viviana con expresión dura. —Suegra debería mantenerse en silencio…esa no es forma de desquitarse con alguien inocente —dijo con voz ronca, lanzando el humo hacia el techo. — ¿Qué dijiste? —preguntó Viviana, con la boca abierta. —Que Ámbar no tiene la culpa de nuestras desgracias. Rocío no era un ángel aunque estaba casado con ella… y usted no tiene porqué desquitarse con una inocente —espetó él, con sus ojos oscuros fríos como la noche y el corazón como la tempestad que casi tienen encima. Gerónimo se puso de pie con brusquedad. —¡Basta los dos! Viviana, sube a la habitación. ¡Ahora! Viviana se levantó no sin pecado antes de lanzarle a Ámbar el resto de su vino. —¡Pudrete! —¡Por Dios mujer! —Gerónimo se enojó. —¡Viviana, tranquilícese!—Matteo tomó un pañuelo para limpiar a Ámbar. Viviana subió las escaleras internas, sollozando y maldiciendo en voz alta. Ámbar no soportó más. Salió corriendo al exterior del yate. La lluvia cae, gruesa y fría, empapándola en segundos. Matteo la siguió con un paraguas inútil ante el viento salvaje. —Ámbar, vuelve adentro, amor…no le hagas caso —dijo, intentando cubrirla. Ella caminó hasta la proa, con las gotas de lluvia rodando por su rostro mientras sus lágrimas se mezclaban con el agua salada. —¡Déjame en paz, Matteo! —gritó, con la voz rota. Gerónimo salió también, al ver que Matteo no la convenció para regresar, su camisa pegada al cuerpo en segundos por la tormenta. —Ámbar, baja ahora, es peligroso —le advirtió. Un trueno retumbó en el cielo, sacudiendo las velas que estaban desatadas. De pronto, el mástil fue impactado por un rayo, la vela principal cayó como un látigo blanco y golpeó a Ámbar en la espalda. Su cuerpo se arqueó con un grito ahogado antes de caer de lado sobre la baranda. Matteo gritó su nombre, pero fue demasiado tarde. El cuerpo de Ámbar se precipitó al mar abrazado por las olas. —¡ÁMBAR! —rugió Matteo, soltando el paraguas, lanzándose a tomar un salvavidas y arrojándolo al agua. Gerónimo gritaba órdenes a la tripulación mientras las olas la alejaban rápidamente del yate. El viento y la lluvia azotaban con furia. Matteo lloraba sin control, buscando su silueta entre las olas negras. —¡Ámbar! Pero Diógenes no pensó. Tiró su cigarrillo, pateó sus mocasines de cuero y corrió por la cubierta, quitándose la chaqueta de un tirón. Sin dudarlo, se lanzó al mar. El agua estaba helada y las olas lo revolcaban como un muñeco de trapo. Pero su cuerpo recordaba. Su memoria muscular de campeón universitario de natación se activó, sus brazos cortaban el agua con precisión mientras su respiración ardía por la sal y el frío. —¡Diógenes! —¡ÁMBAR! ¡AGÁRRATE AL FLOTADOR! —gritó, viendo el chaleco naranja flotando a unos metros. Ella luchaba por mantenerse a flote, su espalda dolía a muerte, pero las olas cubrían su cabeza una y otra vez. Sus labios morados se tiritaban. —¡No puedo… no puedo más…! —gimió ella, tragando agua salada. —¡Sí puedes, maldita mar! —rugió él, llegando hasta ella, abrazándola fuerte y colocándole el flotador salvavidas—. ¡Mírame, Ámbar! ¡MÍRAME! Sus ojos verdes se abrieron apenas. —No… quiero… morir… —susurró ella, con lágrimas mezcladas con lluvia. —No vas a morir —dijo él con fiereza, asegurando el flotador y abrazándola contra su pecho. La tormenta los arrastró mar adentro durante horas. El yate se perdió en el horizonte. Diógenes la sostenía mientras su cuerpo tiritaba sin control. Temia por los tiburones, algún rayo que les cayera o que las olas arrastraran con su consistencia y los arrastrará alguna corriente al fondo. —No duermas… Ámbar… no cierres los ojos… —le susurraba contra su frente helada. Cuando el sol empezó a salir entre las nubes rotas, divisó una silueta oscura: una isla. —¡Mira Ámbar, es tierra! Ella levantó la vista agotada. Juntó las últimas fuerzas que le quedaban y empezó a nadar, cada brazada más dolorosa que la anterior. El agua helada y las olas lo golpeaban sin piedad, pero no soltó su cuerpo ni un segundo. —Aguanta… por favor… —decía con voz quebrada. Casi salimos de esto. Llegaron a una zona rocosa. Diógenes la cubró con su espalda, recibiendo azotes de piedras y corales filosos mientras la empujaba hacia una saliente de arena de la costa. Sus brazos sangraban, pero no se detuvo hasta que sus pies tocaron fondo. Cuando por fin cayeron sobre la playa rocosa, ambos tosieron agua y sal, sus cuerpos temblaban sin control. Ámbar se incorporó sobre sus manos y rodillas, vomitando agua salada y llorando con fuerza. —¡Oh por Dios! —Estamos… vivos… —susurró él, con la voz rota, antes de desplomarse de rodillas a su lado. En ese momento empezó a llover de nuevo. Se incorporaron como pudieron y caminaron abrazados hasta una cueva cercana. Diógenes, con los dedos entumecidos, Reunión yerba seca y palitos que encontró en la entrada. Su encendedor Zippo, milagrosamente funcional en su bolsillo interior, subió una pequeña llama. Colocó su ropa y la ropa de ella sobre la arena como cama improvisada. —Nunca me alegré tanto en mi vida de fumar. Tenemos que… calentarnos… —dijo, su voz ronca, casi un gruñido. Ella lo miró con los ojos verdes llenos de miedo y desesperación. —¿Qué… quieres… decir…? Él bajó la vista, con la mandíbula tensándose. —Ya nos quitamos la ropa mojada… vamos a morir de hipotermia, si no agarramos calor. Llevamos horas en el mar frío. Temblando, Ámbar asentado. Se acostó sobre el vestido blanco Exprimido por él, quedando solo con su ropa interior negra de encaje. Él desvió la mirada mientras se quitaba el se acercaba en boxers. Se recostó primero sobre la ropa humeda y abrió los brazos. El calor de la fogata era bastante. —Ven aquí… —dijo con un susurro cargado de dolor, miedo… y un amor prohibido que no podía pronunciar. Ella se acomodó contra su pecho, sus cuerpos semi desnudos pegados, buscando el calor vital. Él la cubrió con sus brazos fuertes y temblorosos, mientras el fuego chisporroteaba frente a ellos. En medio de aquel aguacero y el rugir de las olas, ambos corazones latían rápido, al unísono, como si recordaran que siempre se habían pertenecido… aunque la vida los hubiera separado. La luz acarició el rostro de Ámbar, quien despertó primero, pegada al pecho cálido de Diógenes. Su respiración era suave, su barba incipiente rozaba su frente, y su brazo fuerte la rodeaba con posesión inconsciente. Él abrió los ojos despacio, parpadeando ante el resplandor anaranjado al sentir que se movia. —Buenos días… —dijo con voz grave, ronca por el frío de la noche. Ella ascendió, apartándose apenas. Sus cuerpos semi desnudos se cubrieron con las ropas semi secas que él había puesto bajo ellos como cama. —Tenemos que planear… —continuó él, incorporándose con lentitud. Sus músculos le dolían y al moverse, Ámbar vio las heridas en su espalda: cortes largos, enrojecidos, algunos con costras de sangre seca, lo mismo pasaba con sus brazos. —Diógenes… tu espalda… tus brazos… —susurró, con preocupación. Él respiró profundamente, observando la salida de la cueva y el horizonte azul. —Estoy bien. Lo importante es que sobrevivimos. Esto no es nada.—Hizo una pausa, calculando mentalmente—. Por mi cálculo… —continuó, con la mirada fija en las olas— creo que estamos en alguna de las islas deshabitadas de este archipiélago. Tal vez tarden días… incluso semanas o meses en encontrarnos. Ámbar lo miró con los ojos llenos de miedo. —¿Meses…? Él se giró hacia ella, con una pequeña sonrisa, intentando darle fuerza. —Por eso, lo primero que debemos hacer es buscar agua dulce y comida. Juntemos leña que esté seca de la que está en el fondo. Antes de que el sol se ponga demasiado fuerte y nos deshidratemos. Antes de adentrarse en la selva, Diógenes avivó el fuego de la cueva con más leña seca que encontró en los alrededores. Luego, ató su camisa a un palo largo que clavó frente a la entrada. —Si pasa un barco… sabrán que aquí hay gente. Por lo menos ya no está lloviendo por ahora. Tu familia debe estar buscándonos —dijo, con determinación. Caminaron entre árboles bajos, palmeras y arbustos horribles. Después de casi una hora, el sonido de un pequeño riachuelo llegó a sus oídos. Caminaron más rápido y llegaron a una cascada diminuta que caía sobre un charco de agua cristalina. —Agua dulce… —susurró él, probándola con sus labios y sonriendo con alivio. Ámbar bebí con avidez, sintiendo el líquido fresco recorrer su garganta reseca. Diógenes encontró cocos caídos cerca y, con su navaja de bolsillo, los abrió con habilidad, entregándole uno a ella. Piensa usar los mismos cascarones para llevar agua para tomar a la cueva. —Gracias… —dijo ella, con voz suave. Mientras bebían el agua de coco, Ámbar observó sus heridas abiertas. Grabó un documental de supervivencia que había visto años atrás en Discovery Channel. Sin pensarlo, arrancó hojas de una planta de sábila cercana, las trituró luego de pelarlas con la navaja hasta crear una pasta verde y comenzó a colocarlas suavemente en los cortes de su espalda y brazos. —¿Qué haces…? —preguntó él, con el ceño fruncido. —Esto es antibacteriano… y cicatrizante. Vi que lo usaban los nativos de Borneo. —Lo miró a los ojos con seriedad—. No quiero que mueras antes de que nos rescaten. Además el amargo evita que se te posen las moscas, eso sería un problema. Él la miró, sorprendido por su delicadeza, su fuerza y su inteligencia. Sin decir nada, permitió que terminara de cubrir sus heridas. Luego ella se bañó en la pequeña cascada, quitándose la sal y la arena del cuerpo. Sus pechos firmes y su vientre plano se veían casi etéreos bajo el agua cristalina. Diógenes apartó la mirada con esfuerzo y se dedicó a recolectar toda la fruta que vio. —Hay peces… —dijo Ámbar, señalando un cardumen que se movía cerca de sus pies—. Podríamos atraparlos. —Necesitamos idear una trampa o una red. Con las manos será casi imposible —respondió él, mientras la observaba con el rabillo del ojo, su cuerpo mojado brillando como una diosa esculpida en mármol. Regresaron a la cueva al atardecer. La noche cayó rápido. Avivaron nuevamente el fuego y comieron moras y cocos. Las moras tenían un sabor dulce intenso y un fuerte efecto embriagador. Pero ellos no lo hicieron.






