La noche había caído por completo cuando Martina detuvo la camioneta frente a la casa de doña Carmen. Las luces del pueblo estaban apagadas. Solo la luna, cubierta por nubes finas, iluminaba el camino.
—¿Están seguros de que quieren hacer esto ahora? —preguntó Martina, con la mano en el volante.
—No —respondió Andrés—. Pero si esperamos al amanecer, doña Carmen estará despierta y no podremos registrar la casa sin que nos vea.
—¿Vamos a entrar sin su permiso?
—Vamos a entrar con su permiso. Le d