La camioneta de Martina se detuvo frente al edificio de ladrillo rojo. El motor se apagó con un susurro. Durante un segundo, nadie se movió. El silencio de la madrugada nos envolvía como una manta pesada.
—Bajen —dijo Martina, con la voz cansada—. Suban, pónganse cómodos y hablamos dentro. Necesito un café antes de procesar lo que acaban de encontrar.
Andrés salió primero. Yo lo seguí. Mis piernas estaban rígidas por las horas en el coche, pero la adrenalina aún corría por mis venas. No podía d