La camioneta de Martina volvió a la carretera con el motor rugiendo. Atrás quedaban las luces de Puerto Sol, la fábrica abandonada y la sombra que nos había vigilado.
No hablamos durante los primeros kilómetros. El silencio era pesado, pero necesario. Cada uno procesaba lo que acababa de ocurrir.
Tenía la llave en mi mano. Pequeña, oxidada, pero real. La llave que abría el almacén de la fábrica. La llave que Daniela había escondido para Álvaro.
Y que nosotros habíamos encontrado.
Martina giró e