El coche se detuvo frente a la mansión cuando el sol ya se había puesto. Las luces de la entrada estaban encendidas, pero la casa parecía más silenciosa que nunca. No era el silencio de la calma. Era el silencio de quien espera.
Andrés apagó el motor y se quedó un momento con las manos sobre el volante. No se movió. No dijo nada. Solo respiró hondo, como si estuviera recolectando fuerzas para lo que venía.
—¿Estás listo? —pregunté, con la voz aún ronca por el viaje.
—No —respondió—. Pero no ten