El interrogatorio de Javier había terminado. Lo que quedaba de él eran fragmentos de confesiones, un nombre quemado, y una advertencia que nos había helado la sangre: Ricardo tiene un plan para destruir las pruebas y a la familia.
Esa mañana, Leonardo nos convocó a su despacho con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota. No había ventanas en esa habitación. Solo mapas, papeles y una pantalla que proyectaba los nombres de los contactos de Ricardo.
—Javier no sabía el nombre del contacto