La noche anterior había sido un torbellino de confesiones y silencios. Las palabras de la abuela resonaban en mi cabeza como un eco que no se apagaba: "¿Realmente amas a Andrés?" No había sido una pregunta. Había sido una puerta entreabierta, una invitación a cruzar el umbral de la mentira.
No dormí. Me quedé despierta en la oscuridad de mi habitación, mirando el techo, escuchando el latido de mi propio corazón. Andrés tampoco había dormido. Lo sabía porque su luz seguía encendida al otro lado