Los días que siguieron al chantaje de Ricardo fueron una mezcla extraña de calma y tensión. La mansión, que antes había estado llena de susurros y miradas furtivas, ahora parecía flotar en un silencio expectante, como si el tiempo mismo estuviera conteniendo la respiración. Sabíamos que el juicio se acercaba, pero no sabíamos exactamente cuándo. Y esa incertidumbre era, en muchos sentidos, peor que cualquier amenaza.
Andrés y yo pasábamos las noches en el estudio, revisando los documentos una y