El amanecer llegó como un golpe de luz a través de las cortinas. No era un amanecer suave ni prometedor. Era un amanecer que parecía saber lo que estaba en juego. El sol entraba a raudales por la ventana de la habitación, iluminando el polvo que bailaba en el aire. Y yo, sentada en el borde de la cama, con las manos temblorosas y el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos, supe que nada volvería a ser igual.
La puerta se abrió. Andrés entró sin llamar. Llevaba un traje oscuro,