La noche cayó sobre la mansión como un manto de terciopelo. Las luces del salón estaban encendidas, pero no había celebración. Solo el brillo tenue de las lámparas y el silencio de quienes saben que el día siguiente lo cambiará todo.
El juicio comenzaba al amanecer.
Andrés estaba sentado en el estudio, con la carpeta de Álvaro abierta frente a él. Sus ojos recorrían los documentos por centésima vez, como si esperara encontrar un error que había pasado por alto. Pero no había errores. Las prueba