El salón de la mansión nunca había estado tan silencioso. La luz de la tarde entraba por los grandes ventanales, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire como pequeños testigos de un momento histórico. Álvaro estaba de pie junto a la chimenea, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el fuego. Andrés y yo nos sentamos en el sofá, sin atrevernos a romper el silencio.
—No sé por dónde empezar —dijo Álvaro, sin girarse.
—Por el principio —respondió Andrés—. Siempre es e