El estudio estaba en silencio cuando entramos. La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas, iluminando el polvo que bailaba en el aire. En la mesa, el sobre amarillento descansaba como una reliquia de otro tiempo. La carta de Daniela.
Andrés cerró la puerta detrás de nosotros. No hizo falta que dijera nada. Ambos sabíamos que lo que estábamos a punto de leer cambiaría todo lo que creíamos saber.
—¿Quieres abrirla tú? —preguntó, con la voz baja.
—No. Hagámoslo juntos.
Me senté frent