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CAPÍTULO 4: LAS REGLAS DEL ACUERDO

La mansión Córdova era estremadamente espectacular, no era una casa común, era una fortaleza. Muros altos, puertas de hierro, jardines que parecían interminables.

En el centro, una construcción antigua que había sido modernizada con un lujo que increíble al mirar, Andrés estacionó el coche frente a la entrada principal.

—Bienvenida a casa —dijo.

—No es mi casa.

—Lo será durante un año.

Bajé del coche con el corazón latiendo demasiado rápido, el aire olía a flores y a dinero y también a algo más, lo cual no podía identificar.

Un empleado abrió la puerta principal.

—Señor Andrés, la señora lo espera en el salón de té.

—Gracias, Eduardo.

Entramos, el interior era aún más imponente que el exterior, mármol, madera, cuadros antiguos, una escalera monumental que subía hacia un segundo piso que parecía no terminar nunca.

—¿Vives aquí solo? —pregunté.

—Con mi abuela y algunos empleados.

—¿Tus padres?

—Murieron, hace mucho.

—Lo siento.

—No es necesario.

Su tono era seco, cortante, como si aquel tema estuviera prohibido, seguí caminando en silencio, llegamos a una puerta doble, Andrés la abrió.

El salón de té era amplio, con ventanas enormes, además muebles blancos, también una mesa baja llena de tazas y dulces y en el centro, una mujer.

Pequeña, frágil, con el cabello blanco recogido en un moño, pero sus ojos eran todo menos frágiles, eran agudos e inteligentes.

Y en ese momento, me estaban analizando de pies a cabeza.

—¿Así que tú eres Paula? —dijo.

Su voz era suave, pero tenía un peso que no esperaba.

—Sí, señora, encantada de conocerla.

—Yo también, querida, siéntate.

Andrés me cedió una silla, se sentó a mi lado.

—Abuela, esta es Paula, mi novia.

—Novia, ¿eh? —la mujer sonrió—. Mi nieto nunca ha tenido novia, al menos no una que me presentara.

—Es que las anteriores no merecían conocerte.

—Claro y Paula sí.

Andrés no respondió, la abuela me miró fijamente.

—Dime, Paula. ¿Cómo conociste a mi nieto?

—En una boda —respondí.

—¿En una boda? ¿La de quién?

—La de un directivo de su empresa, una boda muy elegante. Yo estaba trabajando como fotógrafa.

—Ah, qué bonito, el destino los unió.

—Sí. Justo así.

La abuela sonrió con satisfacción.

—Me gusta que haya sido en una boda, es romántico. ¿Y él se acercó a ti?

—Él me pidió que le tomara una foto y luego otra y otra. Hasta que entendí que no quería fotos, sino quería conocerme.

La abuela rió suavemente.

—Ese niño siempre ha sido torpe para el amor.

La abuela me observó en silencio durante unos segundos.

Luego sonrió.

—Eres lista, me gusta eso.

—Gracias, señora.

—Llámame abuela, si vas a ser parte de esta familia, aunque sea por un tiempo, mereces un trato familiar.

Andrés tensó la mandíbula, no dijo nada.

—Bien —continuó la abuela—. Ahora, las reglas de esta casa.

—¿Reglas?

—Sí. Primero, las cenas son a las ocho, no se llega tarde, no se falta.

—Entendido.

—Segundo, no hay secretos en esta casa, si algo te preocupa, lo dices.

—Entendido.

—Tercero, cuida de mi nieto, aunque no lo parezca, necesita que alguien lo cuide.

—Abuela —intervino Andrés.

—Cállate, niño, no estoy hablando contigo.

La abuela volvió a mirarme.

—Y cuarto, si me mientes, lo sabré.

El aire se congeló.

—No tengo intención de mentirle —dije.

—Eso espero.

La abuela tomó su taza de té y con ese gesto, la conversación terminó.

—Eduardo los acompañará a su habitación —dijo—. Están en la zona este, la más tranquila.

—Gracias, abuela.

—No me agradezcas todavía, el tiempo dirá si realmente mereces estar aquí.

Salimos del salón, cuando estuvimos solos en el pasillo, Andrés me tomó del brazo.

—¿Qué fue eso?

—¿De qué hablas?

—De lo que le dijiste sobre la boda, fue perfecto.

—¿Eso es un cumplido?

—Sí, pero también una advertencia.

—¿Advertencia?

—La abuela no es tonta, si i descubre que estás fingiendo, no habrá contrato que te proteja.

—¿Y qué pasaría?

—No quiero imaginarlo.

Me soltó el brazo.

—Tu habitación es la última puerta a la derecha, descansa, mañana empieza el primer día de nuestra mentira.

—¿Y tú?

—Yo tengo cosas que hacer.

—¿Cosas como qué?

—Como descubrir por qué mi hermano desapareció.

Se giró y se fue, mientras yo me quedé sola en el pasillo, con la certeza de que aquella mentira era más

grande que un simple contrato.

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