Martina llegó a las diez de la mañana con una caja de pasteles que nadie le había pedido y una expresión que mezclaba la emoción con ese nerviosismo particular de las personas que llevan días guardando algo.
La abuela la vio entrar desde el salón y dijo, sin preámbulo.
—Cuéntalo ya, querida. Llevas días con esa cara y me tiene intranquila.
Martina se detuvo en el umbral con la caja de pasteles en las manos.
—¿Cómo sabe que tengo algo que contar?
—Porque te conozco desde hace suficiente tiempo p