Pasé toda la mañana evitando a Andrés, no fue difícil. la mansión era enorme, con pasillos que se bifurcaban y escaleras que llevaban a alas enteras que apenas había explorado. Él tenía la costumbre de desaparecer en su despacho cuando algo le molestaba, y yo le molestaba, eso quedó claro desde el amanecer, cuando me encontró en la habitación de Álvaro con las manos manchadas de polvo y la conciencia manchada de culpa.
Ahora caminaba por los pasillos con el ceño fruncido, como una niña castigad