Fuimos al mirador a las cinco de la tarde.
Era la hora que había mencionado el hombre del café, la hora de la luz que según él era la mejor de toda la costa. Y tenía razón. La luz de esa hora en ese lugar era de las que hacen que uno entienda por qué hay personas que viajan distancias enormes para fotografiar un momento específico del día en un lugar específico del mundo. Era una luz dorada y lateral que lo tocaba todo desde un ángulo que hacía que las cosas más simples parecieran importantes.