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CAPÍTULO 5: LA FOTO QUE LO CAMBIÓ TODO

La primera noche en la mansión fue silenciosa, mi habitación era enorme, más grande que mi departamento entero. Tenía una cama que parecía flotar, cortinas de seda, un baño con una bañera del tamaño de una piscina pequeña, y sin embargo, no podía dormir.

No porque la cama fuera incómoda, sino porque todo aquello me recordaba que no pertenecía allí, a las dos de la madrugada, me levanté, abrí la puerta de mi habitación y caminé por el pasillo.

La mansión estaba a oscuras, solo pequeñas luces guiaban el camino, bajé las escaleras. La cocina estaba al final del corredor y entré.

Y allí estaba él, Andrés, sentado en la mesa, con una taza de café frío frente a él.

—No puedes dormir —dijo sin mirarme.

—Tampoco tú.

—Es normal, la primera noche siempre es difícil.

—¿La primera noche de qué?

—De fingir.

Se levantó y caminó hacia la cafetera.

—¿Quieres un té?

—Sí gracias.

Preparó dos tazas, me puso una delante.

—Necesitamos hablar de las reglas —dijo.

—Otra vez reglas.

—Sí. Pero no las del contrato, las de la convivencia.

—Adelante.

Se sentó frente a mí.

—Primero, en público, siempre me tomarás de la mano, siempre me mirarás como si fuera lo más importante del mundo.

—Fácil.

—Segundo, en privado, cada uno en su habitación, no cruces esa línea.

—Entendido.

—Tercero, si la abuela pregunta algo sobre nuestra relación, responde con la verdad que hemos acordado.

—¿Y qué hemos acordado?

—Que nos conocimos en la boda de un directivo de mi empresa, que hubo química y decidimos intentarlo.

—¿Y si pregunta más detalles?

—Entonces inventa, pero que sea creíble.

—Eres muy bueno inventando historias.

—Gracias por el cumplido.

Bebí un sorbo de té.

—¿Y qué pasa con Álvaro? —pregunté.

—¿Qué pasa con él?

—¿Vas a buscarlo?

—No.

—¿No te importa?

—Claro que me importa, es mi hermano.

—Entonces, ¿por qué no haces algo?

—Porque no puedo, no sin poner en riesgo a mi familia.

—¿Qué riesgo?

—Eso no es parte del trato.

—Claro, nunca es parte del trato.

Me levanté.

—¿Adónde vas?

—A dormir, buenas noches.

—Paula.

Me detuve.

—Sé que esto es difícil, pero te pido que confíes en mí.

—No te conozco, no sé quién eres, solo sé que eres un hombre que paga para que una mujer finja amarlo.

—Es más complicado que eso.

—Entonces explícamelo.

Andrés guardó silencio y en ese silencio, comprendí que no iba a responder.

—Mañana tenemos una cena familiar —dijo finalmente—. Asistirán mis tíos, mis primos, y algunos amigos de la abuela.

—¿Y qué se espera de mí?

—Que actúes, que sonrías, me mires como si estuvieras loca por mí.

—Fingiré.

—No finjas demasiado, la abuela lo notará.

—¿Y si no puedo fingir lo suficiente?

—Entonces el contrato se rompe.

—Y yo devuelvo el dinero.

—Sí.

—¿Y qué pasa si el dinero ya se ha ido?

Andrés sonrió.

—Eso no va a pasar, porque vas a ser perfecta.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque no tienes otra opción.

Esa noche dormí mal. Soñé con bodas rotas, con notas escritas a mano, y un hombre que no dejaba de mirarme.

La mañana siguiente, cuando desperté, supe que algo dentro de mi había cambiado. No sabía si era miedo, o curiosidad, tal vez, algo peor.

A las siete de la mañana, sonó mi teléfono, era un mensaje de Andrés.

"Desayuno en el jardín, la abuela quiere verte."

Me vestí rápido, bajé al jardín, la abuela estaba sentada bajo un árbol, con un libro en las manos.

—Buenos días, querida.

—Buenos días, abuela.

—¿Dormiste bien?

—Sí, gracias.

—Mientes, tienes ojeras.

—Es que no estoy acostumbrada a las camas tan grandes.

La abuela sonrió.

—Dime, Paula. ¿Qué piensas de mi nieto?

—Es un hombre complicado.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

—¿Te gusta?

—¿Cómo?

—¿Te gusta Andrés?

Sonreí, esta vez sin fingir, o al menos, sin que se notara.

—Sí. Me gusta.

—¿Y qué es lo que te gusta de él?

—Su forma de mirar, como si siempre estuviera pensando en algo más y su silencio, a veces dice más con el silencio que con las palabras.

La abuela me observó con atención.

—Eso es una respuesta bonita, pero no es suficiente.

—¿Qué más quiere saber?

—Quiero saber si estás enamorada.

El corazón me dio un vuelco.

—Es demasiado pronto para saberlo —dijo, esta vez con sinceridad.

—No es demasiado pronto, el amor no entiende de tiempos.

—¿Usted cree en el amor?

—Creo en lo que veo y en lo que siento.

—¿Y qué siente usted?

—Que tú no estás aquí por casualidad.

El desayuno transcurrió en silencio. Pero la mirada de la abuela no se apartó de mí ni un segundo, y supe que, pase lo que pase, esa mujer no me lo pondría fácil.

Esa noche, antes de la cena, Andrés me llamó a su habitación.

—¿Qué pasa?

—Necesito que veas esto.

Me mostró su teléfono, en la pantalla, había una foto de la boda.

Una foto que yo había tomado.

—¿De dónde sacaste esto?

—De la carpeta de la boda.

—¿Y?

—Y en esta foto, alguien está mirando desde la distancia.

Amplió la imagen y vi lo que él había visto, una figura oscura, al borde de la imagen, con una cámara, apuntando hacia mí.

—Alguien nos estaba fotografiando —dije.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Y qué significa?

—Significa que no somos los únicos que queremos saber la verdad.

Andrés guardó el teléfono.

—Esta noche, en la cena, actúa con normalidad.

 

 

Dijo Andrés, guardando el teléfono.

 

 

—¿Y tú? —pregunté, sintiendo un nudo en la boca del estómago.

 

 

—Yo voy a investigar.

 

 

—¿Investigando qué?

 

 

—Quién está detrás de esa cámara.

 

 

—¿Y si es peligroso?

 

 

Andrés dejó de mirarme y su expresión se endureció.

 

 

—No lo es —mintió.

 

 

—¿Cómo lo sabes?

 

 

Su silencio fue la respuesta más aterradora que pude imaginar, me miró entonces con una calma escalofriante, una sonrisa auténtica, y se dio la vuelta. En ese momento supe que el contrato acababa de volverse letal.

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