El escándalo había estallado como una bomba de humo. Los titulares no dejaban espacio para dudas: “El magnate Nicolás Lancaster sorprendido con su asistente en actitud comprometedora”.
Una foto congelada, un ángulo exacto, y el mundo entero parecía haber decidido ya el final de una historia que apenas comenzaba.
En algún rincón de la ciudad, entre paredes de mármol y perfume caro, Tatiana Renaldi sostenía el teléfono con una sonrisa torcida. La foto había sido un éxito. El caos estaba servido,