El joven avanzó con pasos lentos hacia la mesa lateral, donde estaba el misterioso paquete. Miró alrededor: no había nadie observándolo. Sus dedos desataron la cuerda con calma, como si abrir cajas fuera parte natural de su trabajo. Dentro, bajo un pliegue de papel grueso, descansaba un arma negra, compacta y mortal.
Sus labios se curvaron en una mueca que no era sonrisa. La tomó con firmeza, comprobó el cargador y la guardó en el interior de su chaqueta.
Raquel Obregón, la camarera que debía e