Hellen cerro los ojos, el sonido de los disparos fue como un trueno que partió en dos la noche. Secos. Impiadosos. El eco se estrelló contra las paredes del cuarto de los niños y, durante un segundo eterno, todo quedó suspendido en un silencio casi antinatural.
Hellen sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El olor a pólvora, acre y quemante se mezcló con un aroma metálico que le revolvió el estómago. Un calor viscoso y tibio comenzó a empaparla, resbalando por sus manos y pegándose