Todo parecía comenzar a calmarse. Las tormentas se disolvían poco a poco, y en medio del caos, Nicolás solo tenía un deseo: ver sonreír a su esposa.
Esa mañana, mientras Hellen dormía aún con los párpados pesados por el cansancio, él tomó su teléfono y llamó a un viejo amigo, dueño de uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Era un lugar en lo alto de la montaña, un rincón apartado donde las estrellas parecían rozar el alma y el cielo tocaba la tierra. Solo se conseguía una mesa con