Julio ingresó a la oficina de Marcel sin pedir permiso, con paso firme, la mirada helada y los labios apretados. Su figura imponente se recortaba contra la luz del pasillo, proyectando una sombra que anunciaba tormenta. Vestía con elegancia, pero en su expresión no había ni rastro de coquetería ni simpatía. Solo rabia contenida.
Marcel levantó la vista desde su escritorio, sorprendido al verlo, aunque en su rostro se dibujó una sonrisa burlona.
—Vaya, pensé que no querías hacer tratos conmigo —