El sol caía implacable sobre el césped perfectamente cortado del club de golf más exclusivo de la ciudad. Hombres de trajes caros, relojes brillantes y sonrisas medidas caminaban con seguridad entre risas falsas, tragos helados y contratos en camino de ser firmados.
Julio Flores no era un fanático del golf, pero sabía moverse en esos círculos. Vestía bien, hablaba poco y observaba mucho. Esa tarde había ido por conveniencia… no por deporte.
Y fue entonces, mientras esperaba su bebida junto a la