—No tienes que enojarte, Hellen —dijo Nicolás, limpiándose el resto del vino de la camisa con una servilleta. Su tono era tranquilo, como si lo ocurrido no tuviera importancia alguna—. Solo es una secretaria… una empleada más. Yo te amo a ti.
Hellen lo miró en silencio durante unos segundos. No había reproche en su expresión, pero tampoco calidez. Se limitó a suspirar, resignada, como si las palabras de su esposo no tuvieran peso alguno en su mundo emocional.
—No vine a discutir —murmuró, coloc