Julio respiraba agitado. La rabia lo envolvía como un incendio interno que se expandía sin control. Sus manos temblaban levemente, y en su escritorio, el documento arrugado parecía burlarse de él. Lo volvió a mirar, como si con eso pudiera borrar lo que decía en letras claras y frías:
"Despedido."
—Ridículo... —murmuró con desprecio—. Perder el tiempo yendo a la mansión Lancaster sería rebajarme aún más.
Él no era un simple empleado. Había sido mucho más. Un consejero, un amigo, casi parte de l