Las puertas de cristal se abrieron con un suave zumbido cuando Hellen entró al edificio. Iba vestida de forma sencilla pero impecable. Su cabello suelto caía como una cascada sobre sus hombros y sus ojos, aunque cansados, irradiaban una fuerza que nadie se atrevía a cuestionar. Las recepcionistas la miraron con sorpresa, algunas con admiración, otras con lástima. Desde que todo había estallado, ella no se había dejado ver por la empresa. Y ahora estaba allí. En carne y hueso.
Caminó decidida po