La noche era espesa y cargada de tensión. La mansión Lancaster se mantenía en silencio, pero dentro del despacho principal, la atmósfera era distinta. La empleada, nerviosa pero calculadora, se acercó a su jefe con una nota en la mano. Nicolás se había quitado la chaqueta y aflojado el nudo de la corbata. Al verla entrar, la miró con el ceño fruncido.
—Señor Lancaster... —dijo la joven secretaria con tono sumiso, aunque sus ojos destilaban fuego. Estiró el brazo y colocó la tarjeta frente a él—