El sol apenas asomaba cuando Hellen se detuvo frente al ventanal de su habitación. Sus manos reposaban sobre su vientre abultado, ese pequeño refugio donde crecía la razón por la cual aún no se había derrumbado por completo. El silencio de la casa la envolvía como un abrazo frío. Nicolás había salido temprano, dejando solo una nota apresurada sobre la mesa: Te amo, volveré pronto.
Suspiró. Era uno de esos días en que estaba tranquila. Una sonrisa se formó en sus labios al acariciar su abdomen.