Tatiana azotó la puerta del estudio de Marcel con tal fuerza que los cristales temblaron. Su rostro, impecablemente maquillado, estaba distorsionado por la ira. El abrigo cayó de sus hombros como si fuera una carga innecesaria y se plantó frente a su marido, con los ojos chispeando furia.
—¡No pienso permitirlo, Marcel! —espetó, temblando de rabia—. Esa... esa estúpida me humilló frente a todo el maldito lugar, y tu enemigo me amenazó como si yo fuera basura. ¿¡Y tú vas a quedarte ahí sentado c