No supe en qué momento el alivio del medicamento se transformó en una niebla espesa y caliente. El tiempo dejó de ser lineal. Abría los ojos y la habitación estaba en penumbras; los cerraba y sentía que caía por un precipicio interminable.
El frío se coló en mis huesos, un temblor incontrolable que hacía castañetear mis dientes, pero mi piel ardía.
—Tengo frío... —gimoteé, ovillándome tanto como mi columna rígida me lo permitía.
—Tienes fiebre, nena. Estás ardiendo —la voz de Damián llegó de