El regreso a la villa fue más rápido de lo que Adeline habría esperado. No porque Damián condujera con prisa, sino porque ninguno de los dos habló durante el trayecto. El silencio ya no era incertidumbre; era concentración. Cada uno estaba reorganando lo ocurrido, acomodando las piezas que habían dejado de encajar en el lugar que el antagonista había previsto.
Cuando el portón se cerró tras ellos, Adeline exhaló por primera vez desde que salieron del edificio.
—No nos siguió —dijo.
Damiá