La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas, hiriendo mis ojos incluso antes de abrirlos del todo. Mi primer instinto fue estirarme, pero un pinchazo sordo en la zona lumbar me recordó de golpe que mi cuerpo seguía en huelga. Me detuve a tiempo, soltando un gemido ronco.
Sin embargo, algo era diferente. La agonía aguda de ayer se había transformado en una molestia soportable, y el frío que me había calado los huesos durante la fiebre había desaparecido.
Giré la cabeza co