Aparté la bandeja con el desayuno apenas terminado. La comida me había asentado el estómago, pero no había hecho nada para aliviar la sensación pegajosa que cubría mi piel. Me sentía sucia, cubierta por una capa seca de sudor frío, resto de la fiebre de la noche anterior.
—Necesito una ducha —declaré, tratando de girar las piernas hacia el borde de la cama—. Me siento asquerosa.
Damián detuvo mi movimiento con una sola mano en mi rodilla. No aplicó fuerza, pero su negativa fue absoluta.
—Ni