Me giré hacia la puerta, listo para dar la orden de salida inmediata, pero la mano de Santiago me detuvo por segunda vez esa noche.
—Espera, Damián. Tengo una idea.
Me detuve en seco, mis músculos tensos bajo el traje, y lo miré con impaciencia. Cada segundo que pasábamos ahí era un segundo regalado a la muerte.
—No nos dará tiempo de sacarla del hospital a la fuerza bruta —dijo Santiago, hablando rápido, su cerebro calculando probabilidades—. Y para cuando lo hagamos, ya nos habrán interceptad