El tercer piso del Hospital Central se convirtió en un infierno estroboscópico de luces rojas y aullidos mecánicos. La alarma de incendios, activada momentos antes, cumplió su función de sembrar el caos absoluto. En el pasillo, el equipo de limpieza falso se quedó paralizado por una fracción de segundo, un instante de duda táctica que les costó la misión. El líder del escuadrón, aún con el silenciador caliente en la mano y la mirada fija en el muñeco de plástico con la frente agujereada, maldij