Mientras la paz fingida regresaba a la habitación 304, a pocos metros de allí, en un cuarto de suministros anexo que olía a alcohol y a metal frío, se desataba una guerra. Simón mantenía a la mujer arrodillada en el suelo, sujetándole los brazos a la espalda con una llave inmovilizadora. Ella respiraba con dificultad, con el rostro perlado de sudor, pero sus labios seguían sellados en una línea fina y desafiante. Se negaba a hablar. Había sido entrenada para resistir golpes, insultos y amenazas