Adeline sintió un alivio amargo al ver que Valentino dejaba la jeringa sobre la mesa metálica. El líquido azul brillaba bajo la luz artificial, una promesa de olvido que, por ahora, permanecía en espera. Valentino se sentó en una silla de cuero frente a ella, cruzando una pierna sobre la otra con una elegancia que resultaba insultante en aquel búnker de hormigón.
—Bueno —dijo él, entrelazando los dedos sobre su rodilla—, supongo que es aquí donde me dices cuál es el código, ¿cierto? No querrás