La oscuridad todavía reinaba en la habitación, teñida apenas por el resplandor azulado de la ciudad que se colaba por las rendijas de las cortinas. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de Damián.
Adeline se despertó antes de que saliera el sol. Se incorporó sobre un codo, con cuidado de no hacer ruido, y se quedó observándolo. Damián estaba semidesnudo, con las sábanas enredadas en la cintura y el rostro hundido en la almohada. Por un segundo, una chispa de felicida