El sonido metálico de la cerradura fue como un disparo en el silencio del apartamento. El corazón de Adeline dio un vuelco violento contra sus costillas. No puede ser él, no tan pronto, pensó, mientras sus dedos torpes luchaban por meter las fotografías de Ethan y los Lombardi de vuelta en el sobre de manila.
Guardó el sobre en el fondo de la maleta, cerró la cremallera con una precisión nacida del pánico y la colocó exactamente en el mismo ángulo en que la había encontrado.
—¡Adeline! —el grit